martes, mayo 31, 2011

Creía simplemente, que cuando reposé mi nariz en su cuello moreno por primera vez, que ya me sentía protegida. En ese momento, sus manos sanaban mi piel cada vez que la rozaba, sanaba todas mis heridas.
En esa noche, no lo podía creer, ese hombre al que creía tan lejano, había terminado muy cerca de mí y que había tocado mi alma con sólo mirarme.
En esa noche, mi alma se había vuelto mansa, sin ser tormentosa cada mañana, tarde y noche pensando en miles de preguntas.

Pero me equivoqué.

De nuevo, tendré que pasar en cada piel, en cada beso, miradas y sábanas hasta volver a aquietar mi alma.

Él se fue.

Ahora, soy solo una gata solitaria aullando a la luna, lamiendo mis propias heridas.

1 comentario:

Las eternas recayentes. dijo...

Porque el amor no es sinónimo de consuelo.