martes, noviembre 16, 2010

Abrí mis ojos húmedos y sentí el peso de tu cuerpo encima de mí apoderándote de mi cuerpo. Me mirabas con picardía, la misma mirada de siempre y yo te miraba rogándote que me ataras a tu amor hasta quebrantar todos los límites, todos nuestros siete pecados y a que se desmayara sobre mí tu cuerpo, desfallecido, vencido y sin aliento…

Abrí mis ojos húmedos y no encontré tu cuerpo como lo esperaba, en vez de eso, vi un manto blanco sin partes de cielos helados. No estabas a mi lado como yo siempre deseo, no estabas mirándome como siempre lo hacías, la puerta estaba cerrada, las sábanas frías estaban solas conmigo y a mi lado estaba esa única cosa que me podía llevar a conectarme contigo.

Mi dedo apretó temblando cada tecla y la pantalla sentía mi dolor ya que estaba mojándose de mis lágrimas de desesperación.

“¿Qué hacen tus manos largas de tenderse hasta mis llamas?”

Me rendí a tus pies, dejé atraparme por tus garras sangrientas y mis alas ya no podían batir porque tú no lo ibas a permitir. Atrapada en estos sueños húmedos, cruciales y siniestros, estoy…

Pasaron tres días.

Mirar mi celular a cada rato, estremecerme cada vez que suena, sentir mi corazón latir a mil cada vez que abro un mensaje y tú todavía no llegas.

Esta es mi condena.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Te leo seguido... Pero por primera vez, me sentí identificada... Dejar entrar, esperar, vivir una condena... Desear que todo esta vez fuera distinto para darte cuenta de que ya es tarde. En mi caso, no llega porque ya pasó. Pero nunca llegó.
Odiarme a mí misma.

Saludos.

Ella... dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ella... dijo...

Amé tu descripción :"no soy egoísta, soy simplemente oportunista... Sobre todo teniendo en cuenta, que, depende de cómo se lo mire, ser oportunista es peor aún que ser egoísta...

Viva el cinismo!