Abrí mis ojos húmedos y sentí el peso de tu cuerpo encima de mí apoderándote de mi cuerpo. Me mirabas con picardía, la misma mirada de siempre y yo te miraba rogándote que me ataras a tu amor hasta quebrantar todos los límites, todos nuestros siete pecados y a que se desmayara sobre mí tu cuerpo, desfallecido, vencido y sin aliento…
Abrí mis ojos húmedos y no encontré tu cuerpo como lo esperaba, en vez de eso, vi un manto blanco sin partes de cielos helados. No estabas a mi lado como yo siempre deseo, no estabas mirándome como siempre lo hacías, la puerta estaba cerrada, las sábanas frías estaban solas conmigo y a mi lado estaba esa única cosa que me podía llevar a conectarme contigo.
Mi dedo apretó temblando cada tecla y la pantalla sentía mi dolor ya que estaba mojándose de mis lágrimas de desesperación.
“¿Qué hacen tus manos largas de tenderse hasta mis llamas?”
Me rendí a tus pies, dejé atraparme por tus garras sangrientas y mis alas ya no podían batir porque tú no lo ibas a permitir. Atrapada en estos sueños húmedos, cruciales y siniestros, estoy…
Pasaron tres días.
Mirar mi celular a cada rato, estremecerme cada vez que suena, sentir mi corazón latir a mil cada vez que abro un mensaje y tú todavía no llegas.
Esta es mi condena.